La tecnología wearable mejora el cuidado animal
La revolución de los dispositivos wearables ya no pertenece solo al mundo humano. Collares inteligentes, localizadores GPS, sensores biométricos, monitores de actividad y dispositivos conectados para seguimiento remoto están transformando la manera en que propietarios y veterinarios entienden la salud de perros y gatos. El mercado global de pet wearables fue valorado en 7.100 millones de dólares en 2025 y podría escalar hasta 21.800 millones en 2035, con un crecimiento anual compuesto del 10,9%, según una de las proyecciones más recientes. Otras estimaciones, más conservadoras, sitúan el mercado en torno a 2.000 millones en 2025 con crecimientos superiores al 11% anual, una diferencia que refleja metodologías distintas, pero una misma certeza: el despegue ya está en marcha.
Este auge responde a una evolución del propietario, que ya no quiere reaccionar cuando el animal enferma, sino anticiparse. Los wearables permiten medir actividad diaria, sueño, localización, temperatura, frecuencia respiratoria o patrones de movimiento, y algunos productos avanzan hacia biomarcadores más sofisticados. Lo que hace pocos años era solo un GPS para evitar pérdidas hoy se está convirtiendo en una plataforma de monitorización continua. El mercado de smart pet collars, por ejemplo, fue proyectado desde 632,4 millones de dólares en 2025 hasta 1.820,7 millones en 2035, impulsado por GPS, biometría y modelos de suscripción.
La clave estratégica está en el paso del dato aislado al dato interpretable. Un collar conectado puede detectar reducción de actividad, cambios en rutinas de sueño, incremento de rascado, alteraciones del ritmo de paseo o picos de inquietud que, integrados con algoritmos, actúan como señales tempranas de dolor, estrés, problemas dermatológicos o deterioro funcional. En animales mayores, esa lectura continua gana aún más valor porque la frontera entre envejecimiento normal y aparición de patología suele ser difusa para el propietario. La monitorización permanente convierte conductas cotidianas en indicadores clínicos potenciales.
La tendencia encaja con el avance general de la salud digital y con la mayor preocupación por el peso y el estilo de vida animal. La AAHA insiste en que la evaluación nutricional y del estado corporal debe formar parte de cada visita veterinaria, mientras los datos de obesidad reportados por APOP muestran hasta qué punto el control del movimiento, las calorías y la rutina se ha vuelto esencial. En ese escenario, los wearables ofrecen algo muy poderoso: objetividad. Frente a la percepción subjetiva del dueño, permiten saber cuántos minutos se mueve realmente un perro, cuánto descansa, si su actividad cae semana a semana o si se recupera tras una intervención o tratamiento.
También cambia la relación entre clínica y cliente. El seguimiento remoto reduce visitas innecesarias, facilita planes de control del peso, mejora la adherencia a tratamientos y permite revisar la evolución del animal entre consultas. En medicina veterinaria, donde muchas decisiones dependen del relato del propietario, disponer de datos longitudinales abre un salto de calidad. Ya no se trata solo de “mi perro está más cansado” o “mi gato come menos”, sino de series de actividad, alertas, comparativas y trazabilidad. Esa capa de información puede acelerar diagnóstico y seguimiento, sobre todo en patologías crónicas o en recuperación posquirúrgica.
En paralelo, el wearable pet está dejando de venderse solo como dispositivo para seguridad y pasa a posicionarse como herramienta de bienestar integral. El fabricante gana ingresos por hardware, pero cada vez más por software, analítica, suscripción y servicios añadidos. Esa lógica de plataforma recuerda a la salud conectada humana: el valor no está únicamente en el sensor, sino en la interpretación del comportamiento y en la capacidad de convertirlo en recomendaciones útiles.
A medio plazo, la convergencia entre wearables, inteligencia artificial y telemedicina veterinaria puede cambiar por completo el cuidado animal. El futuro probable no es un collar que solo localiza, sino un ecosistema que aprende el patrón basal del animal, detecta anomalías, alerta al propietario y comparte información útil con el veterinario antes incluso de que aparezcan síntomas evidentes. En un mercado dominado por la humanización y la búsqueda de longevidad, la tecnología wearable se perfila como uno de los pilares más sólidos del nuevo petcare global.
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